Historia de un equipo de segunda división que se coronó campeón nacional en tan solo cinco años y demostró que en la UNAM, y sobre todo en Acatlán, sí se puede
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
“Todo cuanto les prometo es el campeonato” declaró en 1978 el fullback Arturo ‘Rinoceronte’ Alonso Escobar en su investidura como capitán de los Cóndores, el primer equipo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y uno de los tres herederos de los Pumas Dorados de la Máxima Casa de Estudios, desmembrados en 1970 como Coyolxauhqui, según reza la mitología mexica.
Tres. Dos. Uno.
“No puedo dejar de ganar” era el lema de Diego García Miravete, entrenador en jefe del conjunto, nombrado así en referencia a la rapaz ave andina que despliega orgullosamente un ala en el escudo universitario.
Uno. Dos.
Las palabras del capitán Arturo Alonso se hicieron realidad. El cóndor de los Andes descendió al llegar un feliz amanecer y tras él floreció la rama de la gloria deportiva en el ’78, la cual no conquistaba desde hacía ocho años con el legendario coach Manuel Neri Fernández.
Uno.
El capitán Alonso agradeció a la Universidad y dejó atrás la cima del mundo tras entregar el trofeo a la Torre de Rectoría y escribir el nombre de la UNAM, de García Miravete, de los Cóndores, y el suyo, en letras de oro, sin saber que en poco tiempo recibiría la llamada de un lugar inesperado: la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP) Acatlán, nacida en 1975.
¿Osos?
Una profunda y detenida introspección de las creencias mexicas nos revela que Coatlicue, diosa de la vida y la muerte, ya se había retirado a una vida apartada el día que recogió una pluma caída del cielo y se la colocó en el seno. Al poco tiempo, descubrió que estaba embarazada, pero sin saber quién era el padre.
Por su parte, una profunda y detenida introspección del escudo de la UNAM nos lleva a una reveladora conclusión: no hay osos en el escudo de la UNAM, ni tampoco en el de la ENEP Acatlán.
Semejantes revelaciones no detendrían la creación de los Osos Coatlicue, ni su incorporación a la Organización Nacional Estudiantil de Futbol Americano (ONEFA) en 1979.
Mario ‘Araña’ Revuelta, director de Actividades Deportivas de la UNAM a principios de la década de 1980, decidió invitar por aquellos años al recién laureado Arturo Alonso a presenciar a los Osos en acción contra las Águilas Blancas del Instituto Politécnico Nacional (IPN). El encuentro terminó con la victoria guinda por más de cien puntos de diferencia.
“Al día siguiente me citó a su oficina y me invitó a ser el head coach de Osos de Acatlán”, recuerda quien portara el número 33 de los Cóndores. Al llegar a las instalaciones de la ENEP descubrió la realidad de Acatlán en 1982:
- No había un solo campo. Todo era tierra, árboles secos por donde quiera. No había vestidores, no había baños, no había gimnasio. No había nada.
Pero eso no iba a detener al ‘Rinoceronte’. “Mi amor por la institución me trajo aquí a trabajar de tiempo completo, 10, 12 horas, no importaba cuánto tiempo, y a trasladar y a transformar todas estas áreas”.
Peligr-osos
El tonalpohualli, o “calendario” en la lengua de Cervantes, siguió su rumbo, y eventualmente los universitarios se desprendieron de la bendición de su madre mexica y pasaron a ser conocidos simplemente como Osos.
El 82’ le dejó dos cosas a los re-bautizados: la derrota contra la Ola Verde UPIICSA del IPN, quienes se coronaron en la Conferencia Nacional, y los deseos de revancha.
“Era el equipo a vencer”, comenta el linebacker Marco Antonio Martínez Salazar, recién incorporado a las filas de los Osos en Liga Mayor en 1983, luego de sobrevivir los tres días del Oso, el brutal examen de admisión de la época.
Independientemente de la posición deseada, el aspirante debía equiparse y entrenar intensamente en una contienda de todos contra todos antes de ponerse la camiseta.
“Era de alguna manera una prueba para ver si íbamos a resistir el nivel de intensidad que se requería en Liga Mayor”, explica Martínez Salazar. “Aquí no es un lugar para alguien que le gusta llorar”, expone de forma más colorida Alonso Escobar.
Con lágrimas o sin ellas, los Osos cazaron exitosamente a los politécnicos en cerrado juego, coronándose como el mejor equipo de la segunda división, lo que valió el ascenso al máximo circuito. Bueno, casi.
Un inesperado compromiso llamó a sus puertas: el Tazón del Tigre, duelo a muerte súbita contra Ola Verde. El verdadero quién es quién por el boleto al primer circuito.
Sin embargo, la expectativa pudo más que el propio partido, que se pintó azul y oro con aplastante diferencia de cuatro anotaciones. “Les ganamos, pero de calle” apunta Alonso.
Para celebrar, narra Martínez, los jóvenes oseznos realizaron una fiesta en la que manifestaron sus nervios por enfrentar a los equipos de primer nivel:
- El coach Alonso volteó y me dijo: ‘Marco, tú ya conoces a los Cóndores, ¿crees que les podamos ganar?”. Yo me quedé callado y le dije: ‘Sí coach, pero creo que vamos a tener que trabajar mucho’.
Alonso le sonrió sin responder.
No tendrían que esperar mucho para obtener una respuesta. El primer enfrentamiento de los recién ascendidos los puso de frente con los hermanos de Universidad, quienes habían despachado a las Águilas Blancas en su propia final UNAM-Poli para ganar el título del máximo circuito en 1983.
Alejandro ‘Canario’ Morales Troncoso, reportero e historiador de futbol americano, sintetizó el encuentro al escribir: “cuál sería la sorpresa de los Cóndores al descubrir que los plantígrados de Acatlán no eran un equipo sencillo de derrotar, tuvieron que hacer uso de todas sus armas para sacar un angustioso resultado de 14 a 9, los Osos por poco despostillan la corona del Rey”.
Más tarde, la postemporada les agendó una nueva cita en semifinales. Los del Pedregal volvieron a vencer, esta vez 22 a 3. La pluma del ‘Canario’ se cubrió nuevamente de tinta para anotar que “a pesar de haber perdido, los Osos se posicionaron como un equipo de peligro”.
Sin importar lo peligr-osos que fueran, Cóndores levantó su segunda copa al hilo en el ’84. Tras vencer a Osos dos veces más en el ’85, llegaron al tricampeonato.
Los últimos años habían dejado amargas derrotas, pero la del ’86 sería la peor. A segundos de la gloria, el mariscal de campo desobedeció a Alonso y en lugar de correr para terminar el reloj, mandó largo envío.
“Pasa, intercepta y nos anotan. Perdimos y se acabó el juego. Algo inaudito. Algo que me llega mucho. No puede ser” rememora el head coach con quebrada voz, “terminando el juego se los dije, ‘señores, esto nos va a enseñar que hay que obedecer. Hay que saber las reglas del juego y hay que trabajar más duro. El año que entra vamos a ser campeones’”.
Marco pinta una memoria más visual: “esa derrota fue muy fuerte, de hecho, en la portada de Deporte Gráfico precisamente yo salgo mirando al piso, todo enlodado y con el casco hacia abajo. Realmente fue una sorpresa para nosotros”.
Super Osos 87: El campeonato
El ‘87 representó el sexto año de Alonso y el quinto de Martínez, pero apenas el primero del linebacker Fernando Rubén Medina, quien encontró un ambiente deseoso de revancha por la pérdida del campeonato el año anterior y el historial 5-0 en favor de Cóndores, que se presentaban como los tetracampeones del futbol americano universitario.
“El sentir de todos los veteranos era, pues, entre broma y broma, hacer mofa de cómo se había perdido, y de las ganas que se tenía para poder recuperar ese campeonato perdido” recuerda el entonces novato del equipo de Acatlán. La obsesión por el trofeo se tradujo en entrenamientos que no conocían límites: “incluía fines de semana, ir a correr a montaña, en fin, fue una preparación exhaustiva”.
La quinta semana de la temporada regular hizo chocar una vez más a los plantígrados con Ciudad Universitaria. Finalmente había llegado el momento de demostrar el resultado de los golpes, las noches sin dormir, las ganas de sobresalir. Y así sucedió. Un verdadero festín de anotaciones dejó ver como vencedores a…Cóndores.
“Casi terminando el juego en una jugada accidental no logramos taclear y nos anotan. Nos anotan al final del juego” indica Alonso. El historial se movía a 6-0.
Al llegar a los vestidores, Martínez esperaba descomunal regaño por parte del entrenador, así que no pudo ocultar su sorpresa al verlo con una sonrisa de oreja a oreja.
- Muy contento, él nos dijo una cosa que resonó: ‘perdimos la primera mitad, pero a ellos nos los vamos a volver a encontrar en la final. Vamos a jugar la segunda mitad y ahí les vamos a ganar’.
La confianza en sus palabras permeó en todos los jugadores. La victoria no estaba lejos. Pasaron nuevamente a postemporada, esta vez como el cuarto mejor equipo. Solo había dos partidos más entre ellos y el título.
El primer juego tenía nombre y apellido: Pieles Rojas del IPN. En palabras de Medina, eran gente fuerte, atlética, pesada y disciplinada con una ofensiva aplanadora.
Entre la espada y la pared, los Osos sacaron las garras: “la ofensiva empezó a caminar con dos pases milagrosos de Murillo, uno a, recuerdo, a Raúl Guadarrama, que es el que hace que la ofensiva no se detenga. Se logra el primero y diez, y posteriormente con Espinoza, que fue ya en la zona de anotación, faltando como tres segundos”.
Silbatazo final. Por primera vez Acatlán estaba en la final. Del otro lado, los esperaban en el Estadio Olímpico Universitario unos viejos conocidos: Diego García Miravete y los tetracampeones del futbol americano universitario.
Cita con la historia
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Cuatro. Tres. Dos. Uno.
Tarde, muy tarde, el 13 de noviembre de 1987, Arturo Alonso Escobar se quedó hasta medianoche con los entrenadores. Seis horas después, en la madrugada del 14, apenas abrió los párpados ya estaba de camino a Acatlán para revisar película y afinar los últimos detalles.
Cuando se reunió con sus muchachos, el ‘Rinoceronte’, quien nueve años atrás había vaticinado devolverle la gloria a los Cóndores como capitán, se dirigió a los Osos de Acatlán como entrenador:
“Pocas palabras tengo para el día de hoy. Llegó el momento de la verdad, llegó el momento de crecer. Ya estuvo bueno. Hemos regalado mucho, y sobre todo a ellos. Es hora de demostrar que sí somos los mejores. Es hora de demostrar que Acatlán es igual que Ciudad Universitaria o mejor”, retumbó con la mira fija hacia el destino.
Esa tarde cayó una inclemente tormenta. Sin importar la cólera de Tláloc ni los rayos que mandaba el mariscal de campo oponente, la furia de los hijos de la diosa de la vida y la muerte deslumbró a todos los asistentes con una defensa más sólida que el acero.
Ese 14 de noviembre de 1987, los Cóndores, el primer equipo de la UNAM, descubrieron que al igual que Huitzilopochtli, Acatlán había nacido del vientre de Coatlicue con la armadura puesta y la espada empuñada.
Silbatazo final. Osos 17-Cóndores 10. Con apenas 12 años de existencia, la ENEP, ahora Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán, se coronaba como la mejor de todo México.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Pero el cinco no llegaría jamás para los Cóndores. No se trataba de la quinta, sino de la primera de los Osos. El coach Alonso apenas y podía creerlo:
- Estar ahí en el Estadio Olímpico ganándole al campeón eterno de la Primera División de futbol americano, el equipo que más privilegios tenía, el equipo que los mejores jugadores iban a allá, contra Acatlán, un equipo que nadie quería, que todo mundo pensaba que íbamos a ser arrasados […] ¿Qué sentí? Lo más maravilloso, lo más justificante en mi trabajo. El amor a los muchachos. Amor a la ENEP Acatlán, a mi escuela que es Acatlán.
El novato Medina celebró con quien tuviera cerca, entre ellos al aguador, un niño llamado Emilio: “lo encontré de frente y le di un abrazo”. Martínez recuerda que casi todos tenían los rostros con lágrimas y repite las palabras que le dijo el coordinador defensivo, Ricardo Peña García: “ustedes no se podían ir del equipo en su quinto año sin ser campeones”.
Entre todos cargaron al entrenador Alonso y dieron la vuelta al legendario Estadio Olímpico Universitario. Para el coach, lo más hermoso resultó escuchar que tanto la tribuna de Acatlán como la de los Cóndores unieron aplausos y luego reventaron el recinto con el Goya al unísono. Ya en el vestidor, en medio de tanta locura, llegó otro momento emocional: la despedida de los veteranos, entre ellos, Martínez.
“Estamos cantando el himno universitario todos, tanto jugadores como coaches, y el head coach va llamando a cada uno de los jugadores que son de último año. Y mientras están cantando el himno universitario te quitan el jersey, te lo entregan”, narra quien portó el número 84 de los Osos del 87.
Al día siguiente, el novato Medina despertó temprano para comprar todos los periódicos y así recordar su triunfo como el número 86 para siempre.
Alonso, después de meses de madrugar, despertó a las 11:00 horas. Sus hijos lo taclearon en la cama y empezaron a dar brincos con gritos de júbilo incontenible: “¡Papá, ganamos!”.
Treinta y nueve años después, tiene bien presente lo que significó llevarse ese campeonato. “Para mi vida, los Osos del 87 son algo imborrable, algo que marcó una pauta en el futbol americano en México”, comparte.
“Fue un verdadero parteaguas en la forma de ver y de hacer las cosas porque en la UNAM y sobre todo en Acatlán, sí se puede” asegura con firmeza mientras deja ver una sonrisa plena, satisfactoria contemplando el trofeo, permanente recordatorio de que Acatlán es grande, y que Acatlán engrandece.
Agradecimiento especial a Héctor Hernández Cuellar por compartir el video del título obtenido por Osos en 1987. Años de acompañamiento a su hijo Héctor Hernández -----, presente desde la segunda generación de Osos en categorías infantiles hasta la despedida en Liga Mayor con el cetro conquistado en el Estadio Olímpico Universitario.